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lunes, 16 de marzo de 2026

LÍNEA FÉRREA DE FELIPE VÁSQUEZ : MALDICIÓN DEL ABANDONO (RR Vargas)

Las líneas férreas son parte vital de la infraestructura ferroviaria, estructuras que garantizan la llegada del tren, que antiguamente se asociaba con la promesa de progreso y civilización. Contribuyendo a forjar naciones prósperas a nivel económico, político y social. El tren, a través de ellas, unía países y llevaba desarrollo urbano a dónde habitaba lo que la civilización occidental denomina como territorios habitados por bárbaros y salvajes.

Vásquez y sus relatos desmitifican esa premisa, y en sus páginas las líneas férreas, las calles, las luminarias se muestran como testigos y resabios del total abandonó de un sistema, de un capitalismo que olvidó a esos barrios con absoluta indiferencia, sin dejar una migaja de su promesa de desarrollo y bienestar. Otras comunas, otra gente que es más afortunada, es depositaria de ese destino. Los habitantes de estas poblaciones quedan lanzados a un sino infortunado.

En “Línea Férrea y otros relatos” esto se ve reflejado en sus personajes que solo les queda beber hasta embriagarse, se drogan, padecen absurdas desgracias, o cometen atrocidades. Cómo si fueran castigados por una atávica maldición y no tuvieran otra opción a futuro que sufrirla.

Los escenarios  y situaciones son casi siempre sórdidos, donde la desgracia ronda y espera el momento más inoportuno para aparecer y desarmar la endeble estructura que sostiene la vida de sus protagonistas. Personajes que viven sus vidas al borde de la marginalidad, abandonados de todo y enfrentados a un cruel absurdo. Los relatos no dejan de ser molestos, pasmosos, indignantes, proyectivos, sucios, desesperanzados, improbables muy, muy  viscerales pero a la vez realistas a la fuerza.


Se realizará el lanzamiento en Santiago el día viernes 20 de marzo en calle Los Andes de Violeta Parra 3706 (metro gruta de Lourdes), desde las 19 hrs. 



Titulo: Línea Férrea y otros Relatos. 

Autor: Felipe Vásquez. 

Ilustraciones: Máx Vadalá. 

Publica: Ediciones del conselheiro. 

Fecha de publicación: Febrero 2026.




Puedes comprarlo por 10.000 pesos en ferias o escribiendo al edicionesdelconselheiro@gmail.com o al wathsapp +56972135824


domingo, 17 de noviembre de 2013

Línea Férrea III. Porki, Máximo.



    Tercera entrega de la saga: la locura alcohólica, el hedor putrefacto emanado de algo más oscuro que la mezcla de olores de los restos de carne en descomposición del matadero, el botadero y el zanjón; algo que venía de más abajo del asfalto y los adoquines; secretos de un barrio que se llevan hasta la tumba…

Línea Férrea III

         Siete meses después de mi última visita a lo que había sido mi antiguo barrio me hospitalizaron por tercera vez. En esa ocasión el matarratas casi   me puso la lápida encima, me deseó la mejor de las suertes y recalcó enfáticamente que si esta vida merecía vivirla un poco más, dejara de tomar tanto copete. Me miré ahí, solo entre sabanas manchadas y decidí darle un giro apasionado a lo que quedaba de mi existencia, empezaría a beber sólo fuertes y así quizás, me desvanecería en al aire seguido del último sorbo a una botella.
         Lo primero que hice al salir del hospital fue procurarme una borrachera prolongada y violenta, creo que le pegué a una weona embarazada, le robé una radio a un pendejo, asalté un quiosco de barrio, estuve detenido y me intentaron violar debajo de un puente.
         Cuando ya no tenía más tácticas monetarias me fui llegando de a poco a la maldita línea del tren donde funestos aconteceres habían trastocado para siempre la vida de mucha gente. Y precisamente esa era la idea que me iluminaba en esos días, tratar de aclarar en algo lo que allí pasaba, porque por mucho que la bebienda envilecida mellara la conciencia de esta alma en pena los sucesos no eran terrenos ni se asemejaban a lo cotidiano.
         La población que pensé algún día conocer como la palma de mi mano, se había revelado como una maleza extraña de sucesos escondidos y recordando a la mayoría de los sujetos que vivían en esas pobres casas, todos se me asemejaban a esas historias pencas de series nocturnas.
         De entrada el Tanano me cobró la deuda histórica y se negó a fiarme más, luego de unos trampeos me pasó un litro de Dorada y me avisó que la señora Leontina había fallecido días después de mi visita y que unos locos habían quemado la casa atacándola con bombas molotov desde la línea del tren.
         Me pregunté quién chucha serían esos vándalos y también me pregunté por las posibles monedas de la finada.
         El Tanano le puso demasiado color para suministrarme un roncito, así que me escurrí hacia la calle y me vine acercando de a poco a la línea. Era un sitio ordinario dentro del paisaje industrial, bien implementada en recursos y con buena señalética, sus rieles brillaban bajo el sol de verano lo que quería decir que había un tránsito de  trenes de carga pesada y se notaba una mantención constante.
         Cuando iba llegando al cruce de Bernal del  Mercado apareció dando la vuelta, como si lo persiguieran los pacos, don Daniel Castillo ataviado con un poncho sujeto a la cintura y un sombrero caporal, en su imaginación se creía Franco Nero. Era un antiguo vecino y bebedor experto. Me miró a través de un par de ojos vidriosos y enrojecidos y mientras disminuía su aceleración me saludo con un fraternal abrazo. Me contó que hacía este recorrido porque le debía sus pesos al Tanano y además que por acá no lo veía nadie cuando venía llegando a medio filo.
- ¡Puta López chico que estay hinchado, weon!
- Tengo la mansa Cecilia compare.
- Vamos pa’ la casa, ahí tengo un vinito.
         Inmortalicé mi promesa y le hice un pequeño aro, no tenía ni uno y sentía el halito infesto del demonio en mi nuca.
         Estuvimos en casa de don Daniel dándole al vino durante toda la tarde y debido a mi lamentable estado, que imposibilitaba todo traslado, me dio espacio en un camastro y dormí hasta bien entrada la tarde del otro día. Cuando dejé de vomitar y me despabilaba con una jarro de agua en la nuca me di cuenta que la señora Yola, la mujer del Franco Nero, me miraba desde un rincón de la pieza y tenía sus manos arremolinadas sobre un crucifijo.
-        Cesar- su voz era como de radio a.m. y no tenía correspondencia con el recuerdo estridente que tenía de los llamados eufóricos a sus hijos y que siempre pensamos podría ahorrar fuerzas levantándose de su cama en vez de pegarle tremendos gritos a los pendejos.
-        Cesar- volvió a repetir un poco más animada
-        Digame Yola…
-        Usted tiene algo más malo que el vino que se tomo con el Daniel…
-        La medicina dice que me muero irremediablemente Yolita, así que le apuro la cosa, no tengo a nadie y nadie reclama.
-        No le hablo de eso, usted tiene algo pegado al cuero…
-        Piñel…
-        Déjese de payasear.
-        Ayer le preguntó al Daniel si sabía quiénes habían sido los weones que quemaron la casa de la vieja loca y el Daniel le dijo la verdad.
         En realidad no me acordaba de nada desde el primer cigarro de paraguayo así que mejor no le dije nada y le mantuve la vista lo que más pude.
         El Daniel no sabe que fuimos nosotras, todas las viejas de enfrente que conocían a la Leontina y que, sin saber ella, estaban al tanto del secreto que guardaba en su patio.
         Me sobresalté en la silla y de inmediato ella se dio cuenta, se me empezó a revolver el estomago de nuevo y le hice una seña con la mano para que se detuviera un momento, pero la muy zorra hizo todo lo contrario, se acercó como serpiente a mi silla y me habló con voz retirada:
-        Cesar, esa casa humeaba maldad y degeneración. La maraca de la hija se acostó con todos los viejos culiaos de la población antes de quedar preñada y por lo que sabemos fue ella la de la idea de matar al hijo, ahora sabemos que tuvo miedo del padre y se arrancó al extranjero. La leontina se curó del mal de la tierra desde que se entrevisto con el progenitor de la criatura y como se juraba católica no la mato de un palazo por asco…
         Desperté doblado sobre unas almohadas en el suelo y la Yola le susurraba algo a don Daniel que me miraba como de medio lado.
         Cuando me estaba incorporando el hombre se acercó y por un momento pensé que me ayudaría, pero en cambio me lanzo una patada en la cabeza.
         Después supe que me habían amarrado a la silla y que dejaron que roncara con la sangre en la boca durante toda la tarde. Cuando se hizo noche y en la calle no quedaban más que los angustiados me trasladaron sobre un carretón a los lindes de la línea férrea.
         Don Daniel me dijo que no esperaba que yo hubiera hecho una cosa así, y que si bien era entero de curado no iba a dejar que un weón más atorrante que él le comiera la color. Así que hasta aquí quedaba nuestra amistad y que era mejor que me fuera caminando antes que me sacara la chucha.
         Soltaron las amarras y me caí de hocico sobre los adoquines, en ese momento me di cuenta que hacía un calor de mierda y que el aire apestaba a excremento de perro.
         Y fue un viento inaudito que se elevó desde los empiedres y que arrancó los rieles desde sus raigones, se precipitó como una oleada de fetidez extrema y un clamor de mil demonios. Un viento desarmado que provenía desde los abismos más insondables del infierno mismo y que necesitaba apaciguarse sobre humanos  desprevenidos.
         Como si fuera una escena de una película mala y mal traducida la Yola se acercó donde me encontraba y me gritó al oído:
-        ¡Cesar!, ¡Cesar!, ¡ya no eres el vecino que conocimos desde cabro chico, estabas tan borracho que no te acuerdas con quien te encontraste una vez en la noche en esta misma línea de tren antes de que el perro se viniera a vivir a nuestra población, ¡ándate de aquí y no vuelvas más, las mismas viejas que quemaron la casa de tu abuela harán que te despidas de este mundo entre avernos de dolor! ¡Cesar!, ¡Cesar! ¡Ya no eres quien juras que eres! 
         El viento cesó de inmediato dichas estas palabras y una calma chicha de altamar se nos abalanzó entre nubes de odio.
         De haber estrangulado a la Yola me acuerdo un poco, pero de haberle pegado un fierrazo a don Daniel no me acuerdo.
         Todo el proceso lo viví como si fuera otra persona a la que juzgaban, sentía las miradas sobre un cuerpo que no me pertenecía y las preguntas que me hicieron tanto las policías como los agentes de tribunales las contestaba automáticamente sin pensarlas siquiera. Recuerdo la cara llena de odio de uno de los hijos de la Yola y el atisbo casual de una hermosa mujer. Los tribunales hicieron su deplorable labor y me condenaron a un cúmulo de años encerrado en el mejor de los hoteles de la capital. Hablar de mis años en la ex penitenciaría satisface un morbo general y por lo mismo no lo haré, solo puedo decir que lo primero que perdí dentro de esos muros fue la dignidad y el orgullo y  que en mi cabeza no quedó más que una sensación de infernalidad constante.
         Ahora que estoy viejo y aún no muero, me pregunto porque en el muro del gallinero decía que yo sucumbiría pronto en el tiempo y ya van varios años de aquello y la muerte aún no me señala.
         Debí dejar esos derroteros en calma, de verdad así lo creo y no volver a la perdición de esa línea férrea, me arrepiento de todo lo que he hecho con mi vida y en especial el haber matado por gusto a ese vecino nuevo.
         La cobardía no deja que mi mano se abalance sobre mí.
         En las tardes me siento en la plaza que está en frente del Hogar de Cristo a fumar lo que me conviden y a conversar con otros viejos de mierda. Una hermosa mujer me viene a hacer compañía de vez en cuando…

MÁXIMO PORKI.


Ver también Línea Férrea II


jueves, 7 de noviembre de 2013

Línea Férrea II. Máximo Porki.



Desde un lugar olvidado de la ciudad. Un barrio masticado y fagocitado por la civilización. Un narrador embrutecido por el alcohol, un viejo avaro, una vieja loca y un ente estigmatizado por la desventura… Una saga pelotuda que recién comienza…

Línea Férrea II.

No quería volver a transitar por las calles de mi antiguo barrio, mis amigos también habían dejado estos recorridos, algunos renunciaron a  marchar en este mundo y decidieron violentar el destino arrojándose al vacío de una caída segura, otros habían olvidado la muerte con vidas trabajosas e hijos mal criados. Yo  por mi parte, resoplaba los inmundos halitos del trago sin medida e intentaba, sin ánimos ni inteligencia, recordar algo de esa maldita noche.

Me  bajé  de la micro muy cerca de donde había ocurrido la  desgracia y le hice el quite yéndome directo a la botillería del “tanano”. El hombre seguía en píe, aunque los años lo dejaban trasladarse despacio como si la muerte lo esperara sin apuro.

Después de los saludos y cordialidades correspondientes le solicité me sirviera lo más barato en vinos y puso sobre el mesón un medio pato de pipeño que agradecí empinándomelo en seguida.  Cuando vio que recobraba el pulso, que encendía un cigarro  y le pedía otro medio pato, se acercó y me dijo con voz callada:

-  Cesar, antes  que te tomes el otro deberías ir a hablar con la señora Leontina…
- ¿Quién es la señora Leontina?- Lo interrumpí medio contrariado.
- La vecina de aquí al lado, dos casas más hacia el puente, la señora del baño de pozo- me dijo con el mismo tono de voz con que uno pide un vaso de agua.

De todas formas me empiné el segundo medio litro y salí a la calle con el alma porfiada en volver lo antes posible para saciar una sed desmedida.
Las casas de la avenida principal de nuestra población por la vereda norte colindaban con la línea del tren y las del lado sur tenían a sus espaldas el zanjón de la aguada.

La casa de la señora Leontina daba justo en su parte posterior al lugar donde había ocurrido el infortunio y recordé que siempre en ese lugar había un olor putrefacto que se mezclaba con los otros olores malsanos del barrio y que sabíamos venía de un baño de pozo que esa casa tenía en su patio interior. Caminé los pasos ya sabidos en mi memoria y me di cuenta, bajo el sol de la primavera y contemplando ese espacio sucio y vacío que la avenida principal dibujaba sobre el suelo, que habíamos sido malditos al nacer en tamaña porquería.

La casa de esta señora era igual al resto de toda la población pero el antejardín seguía lleno de flores y plantas y su entrada enrejada era más oscura y fría que las demás.

Como si me estuviera esperando, la señora Leontina estaba en su antejardín sentada bajo una frondosa buganvilia y me saludo afectuosamente cuando me vio. Me hizo pasar a su patio y me invitó a que me sentará en una silla de mimbre. Lo que me contó esa tarde lo recuerdo a medias y creo que más de la mitad lo he inventado, supongo que fue  debido al embotamiento que me causo el calor insoportable de ese patio y debido a mis ansias de salir lo antes posible de ahí para seguir bebiendo.

Pero dejaré en voz de ella lo que siempre con la cabeza gacha me relató… “Yo sé lo que usted vivió esa noche porque los estaba mirando desde el muro que está detrás de la que ahora es la animita. ¿Ha ido usted? No importa, usted sabe de dónde le hablo…”

Nosotros lo que si sabíamos era que esta señora era la madre de unas de las minas más ricas de la población y que la hija después de estar un tiempo viviendo lejos de su casa se había ido a Australia o algún lugar culiao lejos. Lo que ella me explicó fue que su hija había quedado embarazada y que ni ella como abuela ni la otra como madre necesitaban un guacho que les arruinara los años venideros, en especial a su madre universitaria. Así que la abuela escondió a la hija dificultada durante casi todo el periodo que duro el embarazo y que nacida la criatura, la abuela le entregó un sobre con dinero y con un pasaje de avión haciéndole jurar que nunca más volvería a esta rematada población.

La abuela crío a escondidas a lo que vino ser un varón y que lo hacía vivir en un gallinero en la parte posterior del patio. Según recuerdos de la señora, cierta noche, unos dos años antes de que sucediera nuestra desgracia y en que el pequeño animal se prestaba a pasar otra noche amordazado y atado de manos y pies, el calor virulento reveló una tenue malignidad y el semihumano logró escapar hacia la línea del tren por entremedio de algunas latas viejas de un antiguo portón trasero.

La señora Leontina me contó  que estuvo toda la noche despierta rogando que nadie se encontrase con tamaña aversión y no esperaba más que el ruido de un balazo certero que calmara esa ansiedad. Pero en la madrugada las latas de entrada volvieron a crujir y apareció el bichito todo cubierto de sangre y mugre. Entro al gallinero y se acurrucó  como un ovillo en un rincón del cuarto y según lo que ella me contó, el animalito no volvió a ponerse de pie hasta el día de su muerte. La señora jamás supo donde había estado toda la noche y solo después de un tiempo se percató de extrañas marcas sobre el lomo de la criatura.

En este punto del relato recuerdo que le supliqué un vaso de agua y que mencioné que me parecía extraño, por decir lo menos, que ella jamás se refiriera al crío como lo que era en realidad, un pequeño niño.

-Ese chiquillo nació sano e íntegro --- me dijo --- fui yo quien lo arrojó al gallinero a que muriera entre los chanchos y los perros, pero no sé cómo sobrevivió  y de apoco lo empecé a alimentar sin darme cuenta de que lo que era en realidad, jamás señalé palabra alguna delante de él  porque tuve la conciencia de no pronunciar verbo para no confundir su ignorancia. La noche donde su amigo murió delante, ese pobre animal se revolcaba y lloraba amargamente  con sonidos bajos y persistentes; se agarraba de los pelos y los jalaba arrancándolos de raíz. Sufría por algo desconocido.  Desde esa vez que se había escapado no había vuelto a hacer rabietas ni escándalos y permanecía la mayor parte del tiempo quieto y con la mirada perdida, pero esa noche se revolcaba y sus heces, que antes arrojaba lejos del gallinero, se las untaba por el cuerpo y comía de ellas con amargura. Cuando la maquina embistió a su amigo, el pequeño lanzó un aullido prolongado, y luego cayó fulminado sobre sus orines y coágulos de sangre. De los cuatro años que lo tuve recluido en ese gallinero jamás había siquiera albergado algún sentimiento hacia esa bestia, pero esa noche algo en mi interior se estremeció al verlo en las penumbras de la muerte. Nunca volvió a ser la misma fierecilla que mordía el plato en cuanto lo dejaba en el piso para que comiera, se iba apagando de a poco y me dediqué a protegerlo de los demás animales hasta que la muerte le sobreviniera. Una tarde de verano,  cuando el olor de sus heces era más fuerte, escuché un sonido ronco que provenía desde el fondo del gallinero, dejé de realizar mis actividades y vine de inmediato a ver al brutito enfermo. Se encontraba de pie en sus extremidades inferiores y cuando me vio hizo un ligero movimiento con su cabeza que interpreté como un gesto para que me acercara, su pestilencia era realmente horrible así que no me acerqué en demasía a las rejas del gallinero. En ese momento me fijé en sus ojos y me estremeció ver un fulgor distinto dentro de sus pupilas, había un ruego ilimitado que se ensanchaba hacía un delgadísimo brazo que extendía suplicante hacía mí. Le tomé uno de sus mugrientos dedos y escuché asombrada y llena de terror como sus labios pronunciaron con una voz ronca y ultra terrena el nombre de usted. Dicho esto se disgregó en el aire como si hubiera explotado desde adentro y el pequeño dedo que quedó en mi mano se desintegro en el viento como cenizas de cigarro.

Recuerdo a la señora dejar de hablar y entendí que su relato había terminado pero yo me sofocaba irremediablemente sentado en esa silla de mimbre, la imagen de la bestia amarrada y declamando mi nombre en su hora fatal, precisamente mi nombre y no otro, mi angustiosa sed y mi desesperanza generalizada hicieron que me desmayara sobre las baldosas del patio de la señora Leontina.

Desperté boqueando y la señora con ayuda de Juanito de la botillería  me habían puesto sobre algunos cojines. Me incorporé con un malestar punzante en la boca del estómago y Juanito me pregunto cómo me sentía:
- Bien, bien, con una Pilsen se me quita.

Juanito me dijo que lo pasara a ver antes de irme y salió del patio. La señora me miraba con ojos extraños, o eso creí yo, me pidió que no contara a nadie lo referido y que no sabía cómo pero lo que me había contado lo había dicho como poseída por una fuerza interior y que ahora se sentía más tranquila pero creía que la justicia la vendría a buscar pronto.

La miré sintiéndome como en una nube de azufre y le dije que nada de lo sucedido en esa casa se debería saber, que ya bastante teníamos con vivir con nuestro propios demonios como para agregarle una sentencia mayor y que no la juzgaba porque cada uno sabia a lo que atenerse cuando las necesidades lo requerían.

Me di vuelta para contener un vómito y le pregunté cómo había logrado saber que era precisamente yo a quien debía decirle estas cosas. Me llevó de la mano hacia el fondo del patio interior y me señaló con  mano temblorosa unas cuantas tablas apiladas, me pidió que las corriera y que viera en el muro. Me acerqué asombrado de que aun el mal olor persistiera, corrí las fétidas maderas y en el muro de lo que había sido la parte trasera del gallinero y con letras inseguras estaba escrito:
CESAR EL QUE MIRA Y CAE
A QUIEN LE QUEDA POCA VIDA
A ÉL.

MAXIMO PORKY
06-11-201306-11-2013

ver también Línea Férrea I

sábado, 12 de octubre de 2013

Línea Férrea (x Máximo Porki)

 
           De suelos anteriores a la tierra misma y de años tan viejos como la propia muerte, en una esquina de la calle Pedro Aguirre Cerda bordeando la Estación Central, por donde se juntaban el paso de trenes, camiones y mojones,  se regeneró   un horror profano y una pesadilla excepcional. Nuestros vecinos lo creyeron parte de la ofensiva fascista pero algunos menos materialistas  y más crédulos se refugiaron tras puertas cerradas cuando la luna menguante coincidía con elevadas temperaturas.
         Nuestro barrio era pobre y borracho, debe haber sido como todo barrio industrial venido a menos, nosotros  éramos  jóvenes  aún y después de la medianoche,  siempre que no hubiera toque de queda, paseábamos por los alrededores casi siempre acompañados de un vino en caja, en ese entonces bebíamos vino blanco porque de esa manera lo mezclábamos con cerveza para lograr un efecto aun más purificador, en realidad, el efecto nos producía una borrachera belicosa y embrutecedora,  pero para esos tiempos  el resultado era perfecto.
         Éramos un grupo lamentable de no más de siete socios, la mayoría infinitamente cansado de una existencia nueva y profundamente desilusionados de toda realidad. Nuestra primera preocupación era obtener lo más rápidamente una embriaguez enceguecida y después bordear a grito pelado e insultos medio en broma y medio en odio los contornos de nuestra desdichada población.
         Por esos días pasaba un tren siempre a la misma hora de la madrugada,  la hora del demonio,  así que si aún podíamos mantenernos en píe nos poníamos a aguantar al tren, es decir, nos sentábamos en las líneas férreas y esperábamos lo más que podíamos la venida de la maquinaria, no eran muchos lo que se quedaban hasta que estuviera muy cerca,  tan hueones no éramos.
         Hubo una noche donde hacía mucho calor, detalle que no nos importó en ese entonces, y además era comienzo de fin de semana, eso quería decir que de seguro el grupo infernal se acostaba en su totalidad azorado y posiblemente alguno que otro integrante severamente aporreado. Ese viernes maldito, donde la mayoría de los jóvenes de nuestra edad se preparaba para salir a visitar a sus novias y planear una salida divertida,  un amigo de un amigo por vez primera saludaba nuestra plaza, no teníamos siquiera plaza pero bueno. Nos preparamos para empinarnos en exceso y ver hasta donde aguantaba el carácter del muchacho cuando cada uno de nosotros lo subiera al columpio de un humor punzante y ordinario.
         Recuerdo que el cabro toleraba todo sin hacerse mucho atado así que de a poco lo empezamos a ver como un posible candidato a las tinieblas. La noche avanzaba mucho mejor de lo acostumbrado, había dinero en nuestras billeteras,  habíamos empezado dándole a la cerveza y bien entrada la noche optamos por un trago fuerte, en ese entonces la oferta de las botillerías no era más que pisco, ron y coñac. Compramos tres botellas de pisco, una bebida grande de dos litros, cigarros, vasos y hielos. Con el arsenal dispuesto nos trasladamos a las líneas del tren a beber, bromear y fumar marihuana.
         Se acercaba el final de tan oprobiosa jornada, el grupo siendo pequeño se había disgregado en montones  aún más pequeños, lo que sobraba del pisco lo reunimos en una sola botella casi puro y nos fumábamos las colillas de los cigarros que estaban botadas por ahí.
         Esa noche, debido al excesivo calor, no habíamos hecho una fogata  y por lo mismo pudimos ver desde lejos el refulgente color amarillento de la luz principal de una poderosa locomotora que se acercaba hacia donde estábamos terminando nuestra labor. Como casi siempre sucedía nos alistamos a aguantar al tren, el muchacho era uno de los más entusiastas y nosotros alentábamos su valentía a través de  sendos sorbos a la última  botella.  Cuando el tren se encontraba ya lo suficientemente cerca, de a poco, cada uno de nosotros nos levantábamos como podíamos de los rieles y aplaudíamos  a los valientes que se arriesgaban.  Entonces sucedió, que el último en mantenerse sentado en los rieles fue nuestro nuevo camarada y celebramos con vítores y cantos su tremenda faena.  Cerca de un momento en que era necesario que se levantara lo conmínanos a gritos a que así lo hiciera y fue en ese instante cuando nos miró con cara despavorida y suplicante. Supimos que algo extraño y alejado de nuestra borrachera  hacia presencia y desgracia  y  que no se podía mover debido a una fuerza exiliada que lo mantenía fijo en su lugar y que tampoco era suyo el grado de la palabra. Recuerdo que intentamos arrimarnos a él  y un escudo invisible para nosotros no nos dejaba aproximarnos  a los rieles. En ese momento,  medio despabilados por el tremendo horror que se nos presentaba a nuestros ojos  comenzamos a gritar desaforadamente en dirección a la maquina que se le venía encima y fue entonces que los movimientos de nosotros, antes tan eufóricos fueron repentinamente desacelerados y todo lo que sucedió a continuación fue como si estuviéramos viendo una película en cámara lenta.
         Vimos la cara del chico alumbrada por la luz potente de la maquinaria, vimos como sus facciones antes suplicantes se iban transformando en una mueca horrible de pavorosa consternación ante  la proximidad de su  violento desenlace,  vimos como intentaba zafar sus pies en movimiento refrenados de sus manos, vimos como el primer fierro de la delantera de la locomotora  chocaba contra su cabeza, vimos como su mente estallaba sobre los  empiedres y vimos también como su cuerpo era molido entre hierros y arena.
         Cuando el cuerpo hizo contacto con los adoquines de la línea férrea  la espantosa  lentitud de tan macabra escena  se fue recomponiendo gradualmente hasta que  se volvió inusitadamente rápida y lo último que alcanzamos a distinguir fue al operario del último carro tocando desaforadamente la campanilla de emergencias.
         Me desmayé al ver el cuerpo triturado y desparramado  de nuestro nuevo conocido y no desperté hasta bien entrada la mañana.  Mis amigos no miraban a ninguna parte en especial esa mañana y posteriormente tampoco. La culpa se derrumbó sobre nosotros y  fuimos interrogados por presunción de obrar  la colocación de artefactos explosivos y acusados de cuasi homicidio. Nunca más volvimos a encender un fuego en los rieles y nunca más volvimos a ser los mismos.
         ¿Qué más puedo decir después de haber visto lo que vi esa maldita noche?
         Hoy ha sido el último intento de exorcizar  ese demonio que corroe mi pensamiento, ojalá pueda un día olvidar los intentos desesperados de ese pobre joven para siquiera pronunciar alguna palabra.