Mostrando las entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de noviembre de 2016

LAS CORRERÍAS DE UN TAL PUERCO ESPÍN. x Máximo Porki.

Nuevamente aparece el genio y figura de Máximo Porki, el Lovecraft bajo la influencia del neopren de las letras locales. Antes de morir garcía marquez pudo ojear uno de sus relatos y entre estertores la enfermera que lo atendía dice que dijo: "esto es mongolismo mágico!!" y estiro la pata dejando una mueca de asco...


El puercoespín

Puercoespín le decían,
No porque fuera hermoso
Como el simpático animal,
Sino por tener el cuero duro cual cerdo
Y el corazón y la cabeza espinudos cual cardo.
Era de un barrio de casas bajas,
en un sector olvidada y a tras mano de la capital,
...Entre la línea del tren y el zanjón.
Su vivienda era un viejo gallinero,
Acomoda’o en un patio trasero.
Su camastro era de esponja
Y su libro de cabecera, la metamorfosis de Kafka
Editado por la revista vea.
Sólo reía de las desgracias ajenas
Y lloraba con las teleseries de la tarde.
Tomaba a sorbos largos,
Brebajes que ni el mismo pata'e'cabra engulliría.


LAS CORRERÍAS DE UN TAL PUERCO ESPÍN

-Levántate conchetumare!!!

…Todos los días lo mismo, todos los días el horizonte en la cama y el manotazo verbal. No recordaba desde cuando tragaba la saliva de ver a su madre fermentar en vida. ¿Por qué apropiarse este agravio diario sin siquiera chistar?

-Si no te gusta te vai no ma aweonao!!!

         Era como si le leyera la mente.
Se extendió rugosamente sobre la cama y se volvió a colocar la misma ropa que usaba desde siempre. Antes siquiera que su madre prendiera otro cigarro ya estaba en la calle arreglándose los cordones de los bototos. Puercoespín era un muchacho cualquiera de un barrio pobre en una ciudad tercermundista, es decir, casi nada en la nada misma. Le gustaba la música de los Misfits, se masturbaba hasta sentir culpa de sí mismo y se emborrachaba siempre más de la cuenta. Después de despabilarse un poco de la tortura de su casa, se dirigió al borde de la calle y calculó cuanto había entre los pasos que podía dar y las separaciones de las veredas y corrió cruzando la avenida entre micros y carretones de feria.

- Nunca me van atropellar, pensó.

Cada vez que hacía esta hazaña volvía a repetirse lo mismo. Tenía la certeza que jamás lo arrollaría vehículo alguno en la vía pública y era este uno de sus grandes secretos que lo hacían diferente para sí mismo pero igual de weón para todos los demás. Ya casi llegaba a la esquina de la panadería cuando un potente silbido hizo que se detuviera en el acto, se dio media vuelta y comenzó a buscar con la mirada entornada entre los portones viejos de las casas de enfrente.
Otro silbido y la cabeza rapada de uno de sus amigos se asomó entre los fierros de una puerta herrumbrosa y ardiente:

-Vamo pa la nogales?
-No he comido ni una wea…
-Vamos weón hay unas minas que viven solas y de repente sale algo weno.
-Vamos…

Antes de cruzar la calle el pelado volvió a entrar por entre los fierros de la puerta y salió con un huevo en la mano, se lo pasó a Puercoespín y le dijo que se lo comiera pa que no anduviera con la guata vacía…
-Y como chucha querí que me coma esta wea si esta crudo?
-A lo comando po weón, le hací un hoyo y chupai lo de adentro.
Dicho esto, nuestro amigo hizo lo que le señalaron y le aplicó zendo golpe al  huevo y como puercoespín jamás había hecho tal cosa el huevo reventado se le quedó en toda la extremidad enguantada.

 -Chúpate la mano…
-Tai ma weón…

Precisamente era esta la forma original de cualquier aventura o pasatiempo en el barrio;  un saludo cualquiera, una talla de vereda a vereda y que podía terminar en un sinfín de posibilidades cada una más atroz y horrenda que la otra, y  en eso descansaban las grandes circunstancias, y estas, portentosas e inabarcables, no hacían otra mella en la cantidad de alcohol que hubiera entre manos.
Y así, nuestros amigos se dispusieron a embestir el camino hacia la población Nogales, distante un par de kilómetros, cuando vieron bajarse de una micro al Topo, amigo íntimo de los dos secuaces,  y no escatimaron en saltos, gritos y volteretas para llamar su atención. Se notaba que venía un poco caramboleado y sin más ni más aceptó la invitación propuesta por el pelado y partieron los tres en dirección a la mentada localidad,  vociferándose groserías y corriendo  por el medio de la línea del tren.
Cuando llegaron a la casa, el espectáculo viperino que hacía gala la naturaleza escalofriante de las dueñas de casa hizo recular a puercoespín y ya sospechó que algo no muy bueno ocurriría en esa jornada. Había un sofá viejo, sucio y pestífero, una mesa de plástico en el centro de la pieza y en un rincón una cuna con una guagua en su interior. La música sonaba, increíblemente tranquila y acompasada.  Lo terrible era el olor a perro muerto que salía de una de las piezas a oscuras y la figura y forma de una de las mujeres ahí presente. Tenía esta un estomago increíblemente abultado que no hermanaba con sus delgadas extremidades y su diminuta cabeza arremolinada en un tomate sujeto con un palo era indefinida en su belleza u horror. Hablaba entre dientes y su amiga siempre sonreía.
No había nada para la ingesta así que partieron a comprar y dejaron al Topo en la casa.

-Oye, pelao… que wea tiene esa mina weón?, le viste la mansa guata que tiene? La amiga no es fea, pero esa weona es terrible horripilante…

Llegaron a la botica y el pelao sacó un fajo de billetes y pidió 4 cervezas de litro, dejó por los envases, pidió además dos rones silver y un pisco capel y dos bebidas colas y cigarros.
Puercoespín lo miró de hipo en hipo y le comentó al viento, pero  con la entonación debida para que su amigo lo escuchara: “Y me trae un huevo cruó el culiao…”
El pelado lo miró y le pidió al botillero un paquete de ramitas y se las entregó a Puercoespín.
Cuando volvieron de comprar el topo dormía sobre el sofá y la polilla humana estaba lavando unos vasos. La amiga, la guapa, se estaba duchando y la guagua seguía mirando sin decir nada desde el borde de la cuna.
Se dispusieron a beber y dejaron que el amigo durmiera un rato. Las cervezas se terminaron rápido y cuando se acomodaban a abrir el pisco despertaron al Topo y le pusieron un combinado en la narices que ni lento ni perezoso se empinó en seguida, y ante hazaña tan magnifica volvió a caer en un estado semi inconsciente y se sentó en el sofá sin decir mucho.
La mujer descalabrada bebía fuerte y parejo y la otra se hacía la más decente, suponiendo que el pelado se la quería tirar. La conversación versaba sobre tópicos regulares de una vida de población, La muerte de tal o cual fulano, la yuta, la vieja culia sapa, los vecinos tráficas y las maracas, etc. etc.
En un momento dado, cuando ya los dos aparejados se habían escurrido hacía una de las piezas interiores, puercoespín comenzó a interrogar a la mujer:
-Y la guagua ni molesta ah? - ¿Es tuya? - ¿O de ella? - ¿Y de quién es la casa? - ¿Y por qué no le dan comida a esa criatura?-
El coleóptero humano un tanto borracho ya por la excesiva bebienda envilecida e indiferente completamente a todo sentido vergonzoso, se acercó melosamente a nuestro amigo, le rodeó el cuello con un brazo semejante a un tentáculo pulperino y a través de espacios finitos que chocaban con las ruinosas paredes de la casa y que se repetían en los ojos de la criatura, le susurró al oído, entre acres sabores y muelas podridas: ¿Por qué no vamos pa la pieza?
Puercospín borracho  estaba, pero la figura maltrecha y desbocada de la mujer que le proponía un encuentro sexual  le comenzó a bailar en el estomago y apartándola con el brazo salió raudo y desesperado a vomitar al antejardín de la casa.
Debemos suponer que el rechazo incomodó  a la extraña mujer y que al ver a su presa arrancar y ensuciar su pérfido espacio se le abalanzaron todas las malas intenciones:

-Tení que puro limpiar toda esa wea perkin culiao!

Puercoespín la miraba desde su posición inversa a la vez que botaba borbotones de vomito y las imágenes horribles le iban generando más nauseas. En su destemplado ensueño, nuestro amigo suponía que  la hembra que tenía al frente, pero al revés, asemejaba a un papalote que soportaba un agudo síndrome de estorbo intestinal y su sobrellevada columna aguantaba un peso inmenso que sus patas cortas y peludas no iban  a ser capaces de resistir.  En aquel momento, lejos de la razón y  de la voluntad, sino más bien dominado por una impresión,  le dijo:

-Cuantos años tení de embarazo tù, entonces?

Y... ocurrió.
La mina se paró de la silla como corriendo, agarro la botella a medio llenar y le empezó a gritar:


Puercoespin se detuvo un momento justo antes de recibir el botellazo, pensó en su perro abandonado e intentó esquivar el proyectil... pero nada, el pirata le rajo la cabeza medio a medio; sintió como grumos en la boca y se apagó como tele vieja.

Pa que se acuerden 13-10-16

martes, 15 de abril de 2014

LA SOMBRA BAJO EL ESPINO (x Máximo Porki)

      Nuevamente nos sorprende Máximo Porki -mezcla rara entre carlitos baudelaire y el salo reyes después de su parálisis facial- con su prosa impía. Esta vez nos relata las andanzas de un grupo de amorales que luchan contra el aburrimiento en un barrio fabril semiabandonado.-

  


                                      LA SOMBRA BAJO EL ESPINO                                



         De despiadadas formas se suele vestir el infortunio y aún más desgraciadas son las representaciones que la miseria hace de ella misma. En este caso sombrío, las desventuras se desplegaban con excepcional violencia en el alma de un solo personaje, que arrastraba una enorme cadena de episodios sangrientos y obscenos haciendo gala de ellos como quien muestra orgulloso sus triunfos morales.
         No daremos nombres, basta  decir que sus apodos eran espantosos a los oídos afeminados y que sus pasos bajo las vanidades de la noche hacían trancar puertas por doquier.
         Sus sonoras risotadas nos llamaban a encontrarnos con él bajo la sombra infecta de un poste de luz. La tenebrosidad comenzaba con varios litros de la peor cerveza nacional y uno que otro cigarrillo de marihuana andina que volaba dos segundos y te hacía creer que eran dos horas. Casi siempre nos dábamos cuenta del horror de tamaña entidad al décimo cigarro, cuando su portentosa risa estallaba en los adoquines del barrio y la señora Leontina miraba la calle con el teléfono en la mano.
         Era la hora de la retirada compañeros, pero no al júbilo descanso de nuestros hogares, era la hora de que las calles malditas del entorno supieran la presencia de nuestras mugrientas pisadas.



         Las sombras suelen vestir inquietas pero sosegadas fantasmagorías y las desdichas acaban entrando paulatinamente en las mentes más inquietas.
         Era así como los pasos desaforados de nuestros deslucidos cerebros  tronchaban las baldosas del barrio, menos pobre que otros, pero decididamente más desnaturalizado. Como recién resurgidos buscábamos la mano benefactora del botillero amigo y juntando gamba tras gamba lográbamos sacar un par de botellas de algún destilado infame y un par de cajetillas de cigarros. Era ahí cuando el demonio hacía gala de su reputación y de entre sus ropas extraía un frasco  lleno de anfetaminas, tomaba un gran sorbo de una de las botellas y con infernal calma iba abriendo un puñado de capsulas y las volteaba en el interior de la bombona. El brebaje consiguiente se asemejaba a suero de leche y era amargo como aliento de perro. De ese potaje iluminador bebíamos todos por igual y más pronto que a última hora las más atrevidas e infames ideas se agolpaban en nuestros cerebros:

-¿Por qué no quemamos una micro?...

-¿Por qué no le sacamos la chucha al sapo culiao de la esquina?...

-¿Por qué no vamos a los corrales y nos piteamos la copa de agua?...

-¿Por qué no le tiramos una cadena al transformador?...

         La última de las andanzas había sido dicha como entre nubes por un enano maldito, cuyo nombre desconocíamos, y fue vitoreada por todos como la mejor imagen jamás dicha por alma alguna.
            La voz tronadora del protervo nigromante hizo callar a las demás:

-¿Y de dónde chucha sacamos una cadena?

         El enano desgraciado, que caminaba entre nosotros y que nadie sabía quién era o mejor dicho que es lo que era, se subió la polera grasienta y  mostró una tremenda cadena de cinturón:

-Aquí está la we’a…

         Decidimos que como él había sido el ideólogo de la afrenta la  llevará a cabo de la manera más inmediata posible. Nos encontrábamos en una bocacalle sin salida y nos dirigimos hacia la avenida principal donde rápidamente encontramos el objetivo y hacía él se destinó el mellado extremista. Vimos un rayo que atravesó el arco de cielo que dejaban ver los árboles y después hubo un sonido vibrante de mil demonios que hizo electrizar nuestros apretados dientes.
         El apagón se sobrevino de carácter inmediato y nos dimos cuenta que mejor noche no habíamos elegido para llevar a cabo el deleitoso cometido ya que las nubes cubrían el cielo de estrellas y la luna no había osado mostrar su cicatriciento rostro. A nadie le importó que reventara el sistema eléctrico del más miserable de la cuadra y que su casa terminara casi quemada.
         Huimos, amigos, pero no con la cobardía del medroso sino que con la sorna diabólica del enajenado ante la potencia ciclónica de su agraviosa burla.


         Los colmillos rojos de un lobo destrozando las carnes vivas de un pequeño infante o una mirada suplicante de una mujer violada serían aproximaciones validas a nuestra sensación de triunfo y gloria. Detuvimos nuestra carrera en una pequeña plaza a los pies de los gasómetros, colosales moles de metal en forma cilíndrica y que oteaban el barrio con ojos escrutadores como buscando el pecado. Tomamos aire y vaciamos las botellas, fumamos un rato y la desesperación viró sus intenciones hacía un asombro inmenso cuando las luces de emergencia de los depósitos se encendieron y el cielo antes todo oscurecido se llenó de constelaciones perfectas en simetría  y orden, nos vimos trasladados a planos geométricos interestelares donde dioses más bravos y antiguos que el universo mismo follaban galaxias completas y sus despojos inmundos eran arrastrados en sucesiones infinitas hacia golfos oscuros de desesperación.
         Supimos no ser nada ni nadie y la voz tronadora del pecado nos llamó hacia la luz para que la siguiéramos  en una imagen semejante al huevo que huye del sartén para caer en el fuego:

-Desde hoy nos iluminará un sol que jamás se pondrá y de fuego será nuestro aliento- Dijo, riéndose con una boca agrietada y de labios refulgentes.
Dimos rienda suelta al descalabro.

         Esa noche nuestro hermano fue capaz de sorprendernos en su búsqueda despiadada de placeres que siempre implicaban el sufrimiento de otros. No supimos ya de nada hasta bien entrado el nuevo día cuando dejamos abandonado un auto y rompimos un cerco para hacer entrada a un predio precordillerano para darle la bienvenida a un cajón de pilseners frías.


         Posibles trazas de una innominada enfermedad se yerguen en los corazones de los más desposeídos cuando frente al mal sienten la libertad deseada y es esa enfermedad la que los consume y no el maligno quien acaba con ellos.
         Recuerdo que era una mañana llena de nubes y neblina, muy fría, como si la humedad estuviera dentro de cada uno de nosotros y las pilseners no hacían otra cosa que templar aún más nuestros adoloridos cuerpos. Teníamos un compañero con severas heridas en un brazo y uno que otro comenzaba a arrepentirse de las bestialidades en las cuales había participado.

-No se hagan los jiles culiaos ahora y tómense las weas pa que nos vayamos.

       Su voz seguía siendo portentosa y brutal. Sus pies pisaban firme la húmeda tierra donde se encontraba inclinado y su cara no demostraba sentido alguno con sus ojos, miraba el vacío de la desesperación y su perfil se recortaba hacia el lado de la nada absoluta.
         Fue nuestro camarada herido quien se percató de la sombra esquinada en el espino que teníamos ladera abajo a uno cincuenta metros, se distinguía una forma simiesca agazapada envuelta en  raídos vestidos que se mantenía quieta como si el frío la dejara inmóvil. No faltó más para que el oscuro demiurgo se acercara hacia el lugar donde estaba la silueta y desde un costado del pino vimos como de un fuerte manotazo descubrió lo que  a distancia nos parecía una cabeza enmarañada de rizos oscuros. Un fuerte olor acre se esparció por la loma y se fue a perder en mi miedo visceral que de inmediato me trajo el recuerdo de lecturas adolescentes.

-¡Vengan a ver a este culiao feo conchetumare! ¡ Apúrense!

         Me fui resbalando hacia el lugar y no fuimos todos quienes vimos ese putrefacto rostro que dentro de una cabeza desproporcionada en forma de tabloide y de mandíbulas desmedidas contenía una prefigurada idea de aspecto humano lleno de grumos y granos pestilentes, como si una tremenda enfermedad lo atacara cruelmente. Con un desmedido golpe nuestro hermano hizo que el cuerpo se le doblara hacia un costado y su antes impávido perfil figuró una sonrisa que erizó de violencia y furia a nuestro condenado.
-¿De qué te rei conchetumare?
         Su furia  se  iba acrecentando más y más. El horrible enfermo no hacía más que sonreír. Nuestro demonio se acercó con un cortaplumas en la mano e intentó propinarle una estocada en pleno rostro pero la fétida momia con un movimiento inesperadamente rápido le arrebato la cuchilla sin que nada pudiéramos hacer para detenerlo. En ese momento comenzó a erguirse sobre sus  partes traseras y dejó de sonreír. No mediría más de un metro y medio de estatura y bajo la manta de lana agusanada que le cubría un piojento cuerpo se encontraba completamente desnudo. Entonces levantó un brazo en dirección hacia el hombre que recientemente lo había intentado asesinar y con una voz cavernosa de bosques inmemoriales le dijo:

-Basta Tsul, tu sol se ha puesto bajo mis dominios y es hora de que  pagues.

         Se acercó hacia nuestro demonio personal y  con un eficaz golpe lo derribó, después hizo que el cuerpo del malogrado quedara boca abajo y se dio vuelta debido a que toda la acción anterior había ocurrido de espaldas a nosotros. Entonces lo vimos, retrocedimos espantados y algunos profirieron horrendo aullidos. De la parte baja de su vientre se levantaba un miembro erecto de desmedidas proporciones, debía tener unos 80 centímetros de largo y un diámetro igual o superior a una botella de bebida de dos litros, era extremadamente rojo y su glande aún mayor en radio era de un violeta oscuro,  de la punta le goteaba un líquido amarillento similar al cerumen de los oídos y se  bamboleaba en toda su horrible fastuosidad.
         Un sinfín de sensaciones cuál de todas más repugnantes se agolparon en mi juicio cuando el bicho aquel de un manotazo certero le desgarro las ropas a nuestro amigo y comenzó a penetrar su orificio anal con aquel gigantesco pene inhumano. Nuestro conocido profirió un grito descomunal y quien lo abusaba le hundió la cabeza en la tierra. Tras cada embestida colosal el enorme miembro se iba tiñendo de un rojo aún más oscuro y luego de un momento infernal el cuerpo de nuestro amigo ya no se movió, pero la bestia no paró de abalanzarse hasta que su pene se hundió en las carnes hasta la raíz misma de los pendejos. Vimos como el ritmo de la penetración se hacía aún más rápido y supuse que el bicho aquel terminaría su labor así que di media vuelta y avance colina arriba lo más rápido que pude. Una horrible carcajada se vino encima de nosotros e inmediatamente un aterrador grito se desencadenó, me di vuelta en el acto y vi a otro de nuestros amigos siendo desgraciadamente penetrado por la bestia, solo atiné a seguir corriendo y no me detuve hasta cuando llegue a un retén de carabineros y entre llantos y vómitos les relaté lo acontecido.


         El perverso es aquel que conoce la virtud y niega de ella. No sé si Tsul conoció la nobleza de lo bello, no sé siquiera quien era él y porque ese despiadado lo vengó de esa manera, tampoco sé porque Tsul actuaba como actuaba y porque eligió nuestro barrio para demostrar su ferocidad. Nada de lo que diga me libra de lo que he realizado y no debo esperar más que infortunios en lo que queda de mi vida.
         Carabineros escrutó todos los rincones de esa colina y no encontró nada. No había  rastro alguno de mortales enfrentamientos y tampoco encontraron cuerpos que demostraran lo que yo había declarado.
         Todos me acusan de todo y solo es en las noches frías cuando vuelvo a escuchar los gritos desgarrados de mis pares cuando el inhumano les daba caza. Solo espero que estas paredes inmundas y llenas de lo peor de la sociedad logren confundirlo.
Máximo Porky
13-04-2014

martes, 17 de diciembre de 2013

LOS LOBOS Y EL BRUJO. X Máximo Porki

Desgraciadamente no recuerdo nada de lo que usted dice que pasó esa noche,  lo que si tengo en mente es una desagradable sensación de vacío y de temor infinito, como si lenguas de un fuego nocivo y devastador lamieran mis sienes afiebradas, como si sus bocas dentudas que hoy me acusan resoplaran sobre mi frente.

Usted dice que esa noche los carniceros cantaron de casa en casa y que nosotros avivamos sus lamentos arrojando sangre de pichones sobre los tejados. Dice usted que después de medianoche prendimos fuego a maderos en forma de cruces en frente de las casas de nuestros vecinos, que ahora se hallan muertos y que celebramos satíricas bacanales cara en frente a los festines sanguinarios que las fieras despedazaban a gusto.

Usted habla de maldades antiguas y ritos desconocidos,  y me señala como portavoz de voces campanudas que se elevaron de pozos desconocidos, me dice, con sus orejas encumbradas, que fui yo quien levantó el garrote sobre ustedes y que merezco con creces los suplicios que prepara junto a sus temibles amistades.

No recuerdo nada de lo que en su absurda lengua intenta imputarme y lo invito a que investigue, en las casas devastadas, para que vea el paso desproporcionado de sus compañeros.

Sus huellas lo delatan, señor, la sangre en su boca lo hiere y su aliento acre lo confiesa.

¿Por qué intenta atravesar las barreras naturales de esta tierra y se empina sobre sus dos patas traseras a imprecarme de este modo?

El demonio vive en usted y su sangre hierve de alevosía, por lo que veo de sus intenciones bien ganada tiene su fama de hijo del averno. Muera usted y su descendencia señor, pero jamás  tendrá de mi una confesión, acémila endiablada.


Mi sangre se derramará en este suelo inmundo y sus dientes destrozarán mis santas carnes, no satisfechos mancillaran a los más débiles y no quiero repetir en mi imaginación lo que harán a las jóvenes impúberes, pero en vuestra cara se lo digo mugriento señor de los bosques, mi magia desaparecerá y el hechizo que lo mantiene balbuceando acusaciones se hará humo y sus crines desalmadas  volverán a recorrer los montes y no quedará nada de usted y su conciencia.  Los hijos de estos hombres violentados los perseguirán hasta cazarlos y empalarlos frente a las tumbas de sus seres queridos.

Mi triunfo será mayor y de ustedes ya nadie temerá.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Línea Férrea III. Porki, Máximo.



    Tercera entrega de la saga: la locura alcohólica, el hedor putrefacto emanado de algo más oscuro que la mezcla de olores de los restos de carne en descomposición del matadero, el botadero y el zanjón; algo que venía de más abajo del asfalto y los adoquines; secretos de un barrio que se llevan hasta la tumba…

Línea Férrea III

         Siete meses después de mi última visita a lo que había sido mi antiguo barrio me hospitalizaron por tercera vez. En esa ocasión el matarratas casi   me puso la lápida encima, me deseó la mejor de las suertes y recalcó enfáticamente que si esta vida merecía vivirla un poco más, dejara de tomar tanto copete. Me miré ahí, solo entre sabanas manchadas y decidí darle un giro apasionado a lo que quedaba de mi existencia, empezaría a beber sólo fuertes y así quizás, me desvanecería en al aire seguido del último sorbo a una botella.
         Lo primero que hice al salir del hospital fue procurarme una borrachera prolongada y violenta, creo que le pegué a una weona embarazada, le robé una radio a un pendejo, asalté un quiosco de barrio, estuve detenido y me intentaron violar debajo de un puente.
         Cuando ya no tenía más tácticas monetarias me fui llegando de a poco a la maldita línea del tren donde funestos aconteceres habían trastocado para siempre la vida de mucha gente. Y precisamente esa era la idea que me iluminaba en esos días, tratar de aclarar en algo lo que allí pasaba, porque por mucho que la bebienda envilecida mellara la conciencia de esta alma en pena los sucesos no eran terrenos ni se asemejaban a lo cotidiano.
         La población que pensé algún día conocer como la palma de mi mano, se había revelado como una maleza extraña de sucesos escondidos y recordando a la mayoría de los sujetos que vivían en esas pobres casas, todos se me asemejaban a esas historias pencas de series nocturnas.
         De entrada el Tanano me cobró la deuda histórica y se negó a fiarme más, luego de unos trampeos me pasó un litro de Dorada y me avisó que la señora Leontina había fallecido días después de mi visita y que unos locos habían quemado la casa atacándola con bombas molotov desde la línea del tren.
         Me pregunté quién chucha serían esos vándalos y también me pregunté por las posibles monedas de la finada.
         El Tanano le puso demasiado color para suministrarme un roncito, así que me escurrí hacia la calle y me vine acercando de a poco a la línea. Era un sitio ordinario dentro del paisaje industrial, bien implementada en recursos y con buena señalética, sus rieles brillaban bajo el sol de verano lo que quería decir que había un tránsito de  trenes de carga pesada y se notaba una mantención constante.
         Cuando iba llegando al cruce de Bernal del  Mercado apareció dando la vuelta, como si lo persiguieran los pacos, don Daniel Castillo ataviado con un poncho sujeto a la cintura y un sombrero caporal, en su imaginación se creía Franco Nero. Era un antiguo vecino y bebedor experto. Me miró a través de un par de ojos vidriosos y enrojecidos y mientras disminuía su aceleración me saludo con un fraternal abrazo. Me contó que hacía este recorrido porque le debía sus pesos al Tanano y además que por acá no lo veía nadie cuando venía llegando a medio filo.
- ¡Puta López chico que estay hinchado, weon!
- Tengo la mansa Cecilia compare.
- Vamos pa’ la casa, ahí tengo un vinito.
         Inmortalicé mi promesa y le hice un pequeño aro, no tenía ni uno y sentía el halito infesto del demonio en mi nuca.
         Estuvimos en casa de don Daniel dándole al vino durante toda la tarde y debido a mi lamentable estado, que imposibilitaba todo traslado, me dio espacio en un camastro y dormí hasta bien entrada la tarde del otro día. Cuando dejé de vomitar y me despabilaba con una jarro de agua en la nuca me di cuenta que la señora Yola, la mujer del Franco Nero, me miraba desde un rincón de la pieza y tenía sus manos arremolinadas sobre un crucifijo.
-        Cesar- su voz era como de radio a.m. y no tenía correspondencia con el recuerdo estridente que tenía de los llamados eufóricos a sus hijos y que siempre pensamos podría ahorrar fuerzas levantándose de su cama en vez de pegarle tremendos gritos a los pendejos.
-        Cesar- volvió a repetir un poco más animada
-        Digame Yola…
-        Usted tiene algo más malo que el vino que se tomo con el Daniel…
-        La medicina dice que me muero irremediablemente Yolita, así que le apuro la cosa, no tengo a nadie y nadie reclama.
-        No le hablo de eso, usted tiene algo pegado al cuero…
-        Piñel…
-        Déjese de payasear.
-        Ayer le preguntó al Daniel si sabía quiénes habían sido los weones que quemaron la casa de la vieja loca y el Daniel le dijo la verdad.
         En realidad no me acordaba de nada desde el primer cigarro de paraguayo así que mejor no le dije nada y le mantuve la vista lo que más pude.
         El Daniel no sabe que fuimos nosotras, todas las viejas de enfrente que conocían a la Leontina y que, sin saber ella, estaban al tanto del secreto que guardaba en su patio.
         Me sobresalté en la silla y de inmediato ella se dio cuenta, se me empezó a revolver el estomago de nuevo y le hice una seña con la mano para que se detuviera un momento, pero la muy zorra hizo todo lo contrario, se acercó como serpiente a mi silla y me habló con voz retirada:
-        Cesar, esa casa humeaba maldad y degeneración. La maraca de la hija se acostó con todos los viejos culiaos de la población antes de quedar preñada y por lo que sabemos fue ella la de la idea de matar al hijo, ahora sabemos que tuvo miedo del padre y se arrancó al extranjero. La leontina se curó del mal de la tierra desde que se entrevisto con el progenitor de la criatura y como se juraba católica no la mato de un palazo por asco…
         Desperté doblado sobre unas almohadas en el suelo y la Yola le susurraba algo a don Daniel que me miraba como de medio lado.
         Cuando me estaba incorporando el hombre se acercó y por un momento pensé que me ayudaría, pero en cambio me lanzo una patada en la cabeza.
         Después supe que me habían amarrado a la silla y que dejaron que roncara con la sangre en la boca durante toda la tarde. Cuando se hizo noche y en la calle no quedaban más que los angustiados me trasladaron sobre un carretón a los lindes de la línea férrea.
         Don Daniel me dijo que no esperaba que yo hubiera hecho una cosa así, y que si bien era entero de curado no iba a dejar que un weón más atorrante que él le comiera la color. Así que hasta aquí quedaba nuestra amistad y que era mejor que me fuera caminando antes que me sacara la chucha.
         Soltaron las amarras y me caí de hocico sobre los adoquines, en ese momento me di cuenta que hacía un calor de mierda y que el aire apestaba a excremento de perro.
         Y fue un viento inaudito que se elevó desde los empiedres y que arrancó los rieles desde sus raigones, se precipitó como una oleada de fetidez extrema y un clamor de mil demonios. Un viento desarmado que provenía desde los abismos más insondables del infierno mismo y que necesitaba apaciguarse sobre humanos  desprevenidos.
         Como si fuera una escena de una película mala y mal traducida la Yola se acercó donde me encontraba y me gritó al oído:
-        ¡Cesar!, ¡Cesar!, ¡ya no eres el vecino que conocimos desde cabro chico, estabas tan borracho que no te acuerdas con quien te encontraste una vez en la noche en esta misma línea de tren antes de que el perro se viniera a vivir a nuestra población, ¡ándate de aquí y no vuelvas más, las mismas viejas que quemaron la casa de tu abuela harán que te despidas de este mundo entre avernos de dolor! ¡Cesar!, ¡Cesar! ¡Ya no eres quien juras que eres! 
         El viento cesó de inmediato dichas estas palabras y una calma chicha de altamar se nos abalanzó entre nubes de odio.
         De haber estrangulado a la Yola me acuerdo un poco, pero de haberle pegado un fierrazo a don Daniel no me acuerdo.
         Todo el proceso lo viví como si fuera otra persona a la que juzgaban, sentía las miradas sobre un cuerpo que no me pertenecía y las preguntas que me hicieron tanto las policías como los agentes de tribunales las contestaba automáticamente sin pensarlas siquiera. Recuerdo la cara llena de odio de uno de los hijos de la Yola y el atisbo casual de una hermosa mujer. Los tribunales hicieron su deplorable labor y me condenaron a un cúmulo de años encerrado en el mejor de los hoteles de la capital. Hablar de mis años en la ex penitenciaría satisface un morbo general y por lo mismo no lo haré, solo puedo decir que lo primero que perdí dentro de esos muros fue la dignidad y el orgullo y  que en mi cabeza no quedó más que una sensación de infernalidad constante.
         Ahora que estoy viejo y aún no muero, me pregunto porque en el muro del gallinero decía que yo sucumbiría pronto en el tiempo y ya van varios años de aquello y la muerte aún no me señala.
         Debí dejar esos derroteros en calma, de verdad así lo creo y no volver a la perdición de esa línea férrea, me arrepiento de todo lo que he hecho con mi vida y en especial el haber matado por gusto a ese vecino nuevo.
         La cobardía no deja que mi mano se abalance sobre mí.
         En las tardes me siento en la plaza que está en frente del Hogar de Cristo a fumar lo que me conviden y a conversar con otros viejos de mierda. Una hermosa mujer me viene a hacer compañía de vez en cuando…

MÁXIMO PORKI.


Ver también Línea Férrea II